¿Podré jugar en el Calderón?

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Esa es la pregunta que Cristiano le hizo a un buen amigo desde los vestuarios del mismo Arcángel. El portugués estaba muy dolido porque era consciente del error que había cometido, que además dejó a su equipo en una inferioridad numérica que no tuvo más daños colaterales gracias a la buena disposición de Bale en los últimos minutos de Córdoba. Cristiano tenía marcada en rojo, en su calendario particular, la cita del Calderón (7 de febrero). Asumía que se iba a perder los encuentros en el Bernabéu ante la Real Sociedad (el sábado) y el Sevilla (próximo miércoles). Pero le tenía fastidiado imaginar que tampoco podría ser de la partida ante el campeón de Liga y subcampeón de Europa.
Al rato, el mismo amigo le tranquilizó: “El acta arbitral es buena para ti. Lo normal es que te castiguen con dos partidos”. Su respuesta fue escueta y monosilábica: “¡Ojalá!”. Ahora, el Balón de Oro debe relajar su mente en estos diez próximos días, centrarse cien por cien en el fútbol, cuidar su cuerpo en los entrenamientos de Valdebebas y olvidarse de lo que digan sobre su estado físico y anímico. Es el mejor jugador del mundo y no debe presionarse más sin necesidad. Debe sonreír de nuevo. Disfrutar. Ser de nuevo Cristiano...



