El balón le pertenece a Messi
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Messi premia al Barça premiando al fútbol, y es justo que éste le devuelva el balón. Esa imagen de este jugador menudo, ceñudo, afectado a veces por una gastroenteritis que tiene más causa en la mente que en el cuerpo, abandonando el mítico Riazor del Depor con el balón bajo el brazo evoca una vez más aquel relato enorme de Fontanarrosa: el balón le pertenece a Messi como le pertenecía a aquel muchacho de ficción que, en Rosario (Argentina), la patria chica de Lionel, andaba precedido siempre de la pelota, como si él y el esférico hubieran firmado un pacto de campo, de césped o de tierra, de vida dedicada al fútbol que soñó.
Es emocionante para un aficionado esa imagen; pero antes de que se produzca el retrato feliz del jugador con pelota tienen que producirse las jugadas, los centros, los disparos, y éstos tienen que ser bellos y concretos, determinantes; desde aquel desastre en Anoeta (y de los desastres subsiguientes), Messi tomó la decisión de rescatar al equipo, y no lo ha hecho con la retórica de los sentimientos sino con la destreza de su pie izquierdo. Cortázar tiene un relato precioso sobre el pie y el pie, pues un pie y el otro tienen vidas diferentes. Ese pie izquierdo de Messi, con el que marcó el tercer gol impresionante, es mucho más que un pie: es parte de la inteligencia del jugador, el sitio del campo en el que residencia su poder sobre la pelota. Da gusto verlo así, como si borrara el nubarrón del que siempre anda pendiente el equipo en el que se hizo.




