Milímetro a milímetro medimos a Messi
Queremos saberlo todo de él.
El fútbol es así: el héroe mide lo que pesa en oro. Y Messi es mucho más largo, más grande y más inabarcable que la sombra que proyecta. Esta semana lo hemos vigilado al milímetro, como si quisiéramos escudriñar en sus pensamientos más íntimos; hemos visto que se instala en Instagram (esa perversión de la intimidad) para ver qué demonios hace Courtois, o cómo le va al Chelsea. La noticia se prolonga en su interés (que parece mutuo) por Mourinho, el hombre que le puso el dedo en el ojo al alma del Barça.
Queremos saber de Messi hasta de qué pie cojea, por si cojea, de qué naturaleza es su vómito, qué hace en el tiempo libre su mujer (que se vio con Cesc, ¡atención!, en Londres). Y, en general, no se da puntada sin hilo porque, como en las novelas de Flaubert (o de Raymond Chandler) cualquier vestigio de esa alargada sombra sirve para el convento.
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¿Y cuál es el convento? El convento es el Barça; ya ese convento es de cristal, no tiene paredes, como la famosa A Casa del gran Vinicius de Morais. Esta casa sin paredes ha visto desmoronarse prácticamente todo en esta semana de pasión: primero cayó el Barça propiamente dicho, ignominiosamente, en Anoeta, frente a una Real Sociedad que marcó nada más empezar gracias a la ayuda de un amigo visible, Jordi Alba. Luego de ese desastre el Barça no se levantó, mientras miraban, a veces divertidos, algunos elementos tardíos de las vacaciones. Yo no los vi reír, pero dijeron que habían reído, que Neymar le dijo a Messi que empezara a calentar; es posible, todo es posible en el Barça, desde antes de los tiempos de Etoo y Ronaldinho, y después de esos tiempos. Cuando Etoo, Ronaldinho y Deco hubo un entrenador, Pep Guardiola, que mandó parar. Por no mandar parar (con la mano izquierda), el edificio empezó a desmoronarse después de la derrota de Anoeta. Y como no han parado de haber rotos y descosidos nos hemos dedicado a comprobar dónde tiene sombras Messi.
Luego vino el Elche, el astro mostró luces y ahora contamos cuántos pitos suenan para el entrenador y cuántos para él. En el camino han quedado ya Zubizarreta y Puyol, mientras el presidente, atosigado, levantó la bandera blanca para que no le cortaran la respiración. Estamos en tiempos de cólera, no hay amor en el Barcelona. Es un sinvivir; y el Barça, mientras, agoniza de muerte natural. Ojalá resucite (lo dice un culé). Mañana será otro día, literalmente, si en la noche el Barça queda vencedor en el duelo a la sombra en que contendrá con el Atlético. Atentos.




