Lo que mal empieza...
En Cádiz se cerró una semana nefasta para nuestras selecciones. Después del batacazo de Zilina de los grandes, llegó el fiasco ‘olímpico’ del Carranza. Celades no hizo un buen manejo del partido. Y Munir erró al final el tiro de la gloria...

La tuvo Munir. En cierta ocasión, en la primavera de 1999, vi al Manchester United de Beckham y Giggs levantar la Champions en el Camp Nou después de tumbar al Bayern del arrogante Kahn metiéndole dos goles en el último minuto de la final. Una locura, decían los neófitos. Puro fútbol, afirmamos los que estamos enamorados de este bendito deporte. Por eso, cuando Sergi Roberto firmó el 1-1 contra estos serbios leñeros y cancheros, España entera en sus televisores se puso de pie soñando con el milagro en pleno descuento. Sabíamos que iba a llegar una. Y llegó. Con el Carranza patas arriba por la emoción y un público entregado, a Munir le cayó una golosina en mitad de la locura. Un balón muerto que estaba muy vivo. Olía a red, a gol salvador, a puertas abiertas del Europeo y de los Juegos de Río. Pero el hispano-marroquí supo lo que es la presión. Estaba solo, con el ágil Dmitrovic como única barrera entre él y la gloria. Pero tiró con su pierna zurda encogida, como si el balón pesase como la bola de hierro de un preso medieval. El de Galapagar tardará en olvidarlo...
Consecuencias. Los chavales se partieron el alma y a los que ayer dieron la cara no cabe reprocharles nada. Murieron de pie. Pero cabe preguntarse por qué se preparó con tanta desidia una cita con tanto en juego. No es normal que el actual bicampeón de Europa de la categoría quede fuera del próximo campeonato en la República Checa. No es lógico que Morata, el mejor delantero que tenemos con diferencia, esté ausente en el Día D por culpa de un espabilao que en la Federación debe tener tanto trabajo que no tuvo tiempo para mirar que el chaval arrastraba una tarjeta y que podría perderse la vuelta si en Serbia veía la amarilla, como así fue. Y tampoco sé qué problema había en alinear a Paco Alcácer. Llegó en la noche del domingo a casa y al valencianismo y al resto de los que amamos a nuestras selecciones nos hubiese llenado de orgullo que el nueve de moda hubiera llegado a Cádiz al rescate. Se puso de parche a Munir, que no es un delantero centro, y pasó lo que pasó. Quizás Sandro, espléndido cuando salió, podría haber cumplido mejor.
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Ese rojo da mal fario. Y no es lógico empeñarse en jugar todo de rojo. La indumentaria es definitivamente gafe y es absurdo mantenerla. A las firmas comerciales les interesará, digo yo, que sus apuestas sean ganadoras y no asociadas con el fracaso. Después de lo de Eslovaquia y lo de Cádiz, hay que acabar con este rojo gafarrón...
¡Isco, Isco, Isco! Así atronó el Carranza antes incluso de que empezase el partido con nuestros verdugos serbios. El malagueño tiene duende, como los buenos toreros. Duerme la pelota, la hipnotiza, la esconde, la pica, la pincha, amaga, gira en redondo, finta sin balón, busca un océano en la cabeza de un alfiler, inventa donde nadie lo imagina, propone donde los demás ni siquiera disponen... Es pura magia. Cada minuto que Isco se queda en el banquillo, ya sea con España o en el Madrid, es un hurto al aficionado. En Cádiz, plaza sabia y futbolera, supieron reconocérselo. Una luz en medio del desconsuelo...



