Brevísima historia de las dedicatorias de goles a lo largo del tiempo

Origen. Hace mucho, mucho tiempo, cuando un jugador de fútbol marcaba un gol, lo celebraba con sus compañeros, especialmente con el que le había dado el pase definitivo. Eran tiempos en los que los únicos privilegiados que acudían a los partidos estaban en el estadio. Las gradas repletas y la radio transmitía las emociones que acontecían en el césped. Entonces llegó la tele y se jodió el invento.
Dedicatorias. Justo antes de que empezaran a retransmitirse los partidos, los jugadores ya intuyeron que detrás de las porterías se concentraban los grupos más bulliciosos de seguidores. Esos que pueden pasar por alto una mala tarde o hacer insoportable una actuación regular. Empezaron a irse a las gradas con alambrada a celebrar los goles como si fueran un hincha más pasando de sus compañeros. Su mensaje: “¡Eh! Admiradme a mí, que lo he metido yo”. El resto del equipo, borreguilmente le seguía... pero pronto el pelotón se dio cuenta de que era atrezzo en la celebración de un tipo que pasaba de ellos. Hacían el canelo y nunca salían en las fotos de la prensa al día siguiente.
Para mi madre. La cosa se fue perfeccionando. Cuando los jugadores se dieron cuenta de que había más gente fuera del estadio que dentro empezaron a hacer gestos delante de las cámaras. En un origen, se tomó esta actitud como algo aceptable. Se lo dedicaban a su vieja allá en América, a sus tíos de Kiev o a una contorsionista con la que tuvieron una apresurada despedida en un hotel de Budapest. Aceptable.
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Soy una marca. Llegó luego el momento en el que la dedicatoria a la parienta en estado de gestación, al niño recién nacido e incluso al Día de la Madre dejaron paso a los patrocinadores. Se dedicaron los goles en directo, apartando a los compañeros como le vimos hacer una semana a Bacca o a M’Bia. “Que se vea bien la marca”. En el fondo, la familia come de esas marcas. Es decir, dedicarlo al patrocinador es dar una cucharada de potito al nene.
El último paso. Ahora ya vivimos el momento en el que el gol ya no se dedica cuando se marca, sino cuando se tuitea. Los jugadores marcan y ganan, pero nunca sabemos hasta que constatan en las Redes Sociales a quien va dirigido el éxito. Y los diarios, les ponemos el megáfono.



