Por fin una sonrisa
Curitiba acogió el cierre de la era dorada de nuestra Selección. El 3-0 fue un alivio en una tarde de despedidas (Villa, Xavi, ¿Torres...?). Toca pensar en el futuro. En septiembre arrancará la España del Plan Renove. Chicos, no estáis solos.


Goleada sin premio. Duele despedirse de un Mundial a las primeras de cambio. Como en los viejos ‘malos’ tiempos. Al menos fue con triunfo. Igual que en Argentina-78, cuando Asensi (¡con camiseta roja y pantalón blanco!) peinó de cabeza la pelota para firmar ante Suecia el 1-0 que no evitó la triste eliminación. O en Francia-98, con ese 6-1 estéril a Bulgaria en el estadio Félix Bollaert de Lens, en el partido 126 y último de Zubi con la Selección. Son triunfos que te recuerdan que pudimos y debimos hacerlo mejor. Más vale así. Imaginen que ante los australianos, que llevaban dos días de fiesta, piscina y cerveza en el hotel tras caer con Holanda, nos hubiésemos llevado un tercer batacazo. Habría sido imperdonable. El 3-0 no es para tirar cohetes ni vamos ahora a montar una recepción festiva en Barajas, pero permite finiquitar este Mundial de la triste figura con un resultado digno y acorde con ese título que aún luciremos hasta el 13 de julio. Ahora te vienen a la cabeza las ocasiones erradas. Ese fallo de Silva que pudo suponer el 2-0 ante la tropa de Van Gaal (otro gallo habría cantado si hubiese marcado el de Arguineguín), o el balón a quemarropa que le sacó Bravo a Xabi Alonso cuando los chilenos no habían dado aún el primer disgusto a Casillas. Le das vueltas a todo y te apena no poder regresar al principio. ¿Por qué fuimos a Curitiba a preparar la cita con un frío de pelarse (¡ocho grados!) para unos partidos que iban a jugarse con calor tropical y 28 en el termómetro? Esto no es como la charlotada de La Martona en Argentina, pero la sensación de que las cosas mal planificadas sólo pueden tener un final infeliz quedará sellada en nuestros corazones, castigados ante una decepción que superó todo lo imaginable.
¡Puxa Asturias! Cuando las cosas se tuercen, hasta las personas más sensatas y sabias toman decisiones desconcertantes. No soy dudoso con Del Bosque y casi siempre secundo sus determinaciones, que intentan tener una correspondencia con la justicia de los hechos y los comportamientos de los jugadores. Precisamente, por eso me dolió que cambiase a Villa. El asturiano firmó un partidazo, digno del máximo goleador de la historia de España. Su gol 59 fue para enmarcar. Taconazo deluxe. La pedía, abría espacios, cogía la espalda a los australianos... Parecía el Villa que empezó a deslumbrarnos en el Mundial de Alemania en 2006. Era su último partido con España y se dejó el alma en el empeño. Tras marcar su gol a los canguros besó el escudo de la camiseta media docena de veces. Nos llegó al alma. Por eso entiendo su enfado con el cambio, inexplicable desde todos los puntos de vista (emocional y futbolístico). Es más, ahora queda claro que la apuesta de Diego Costa ha salido rana total. O mejor dicho, lagarto, lagarto...
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Gesto del capitán. Iker tuvo un detallazo al finalizar el partido al regalar sus botas, camiseta, guantes y todo lo que tenía a mano a esos españoles que le echaron bemoles y se gastaron sus ahorros para presenciar este Waterloo de nuestra amada España. Iker decidirá ahora su futuro. Se acaba una época. Gracias por todo, chavales...



