Triste final de ciclo

Campana y se acabó. En el minuto 68, la transmisión de Tele 5 nos dejó una imagen terrible. El balón rondando el área de Casillas y seis jugadores de España quietos como si fuesen estatuas de cera. Estaban petrificados por el dolor, la rabia y ese 7-1 de parcial que nos adelantó el pasaje de vuelta a casa de una forma cruel y totalmente inesperada. Yo vi en Johannesburgo a Italia despedirse del Mundial de Sudáfrica en la primera fase tras caer ante Eslovaquia. Defendían la corona conquistada en Alemania en 2006 y no fueron capaces de pasar a octavos. Vi en la grada a niños italianos llorando desconsolados pidiendo explicaciones a sus desconcertados padres. La clave es que el fútbol es un maravilloso invento donde lo emocional es casi tan concluyente como la calidad o el nivel de juego. Esta España que quedará para siempre en nuestras memorias nos desterró para siempre esos complejos históricos alimentados a base de las pifias de Cardeñosa, Eloy, Julio Salinas, Zubi o Al-Ghandour. Es el fatalismo que parecía pegado al ADN español como el percebe a la roca. Pero estos chavales, con Iker al frente tras su tanda de penaltis mágica ante Italia y Torres tumbando a Alemania, nos hicieron creer de nuevo en el orgullo de ser español. Luis Aragonés nos enseñó que la autoestima es tan importante como el talento y apostó por jugar a “aquí mandamos nosotros”. Después llegó el Mundial de 2010, el penalti parado de Casillas a Paraguay, el golazo camachiano de Puyol a los germanos, la parada-Matrix de Iker a Robben (¡cómo ha cambiado el cuento por Dios!) y el Iniesta de mi vida que inmortalizó esa estrella que yo enseñaré orgulloso a mis nietos dentro de quince años. Fuimos campeones del Mundo. Cuánto orgullo...
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Análisis. No seré yo el que mire para otro lado. El corazón ruge herido y te pide a gritos una explicación a esta humillación desguionizada. Pero no me esperen en el pelotón de fusilamiento. No estaré. Ahora lo sencillo es decir que Casillas está acabado (su Mundial ha sido horrible y él es el primero en asumirlo), que Xavi ya no estaba para acudir a la cita (fue suplente el día que el Barça se jugaba la Liga en el Camp Nou y prepara su marcha a Qatar...), que Villa y Juanfran han viajado sólo para hacer turismo (¡y Carvajal y Llorente de vacaciones!), que el experimento de Diego Costa ha resultado estrepitosamente malo, que a Xabi Alonso se le acabó la gasolina cuando más le necesitábamos, que Busquets no estuvo y encima falló el gol más fácil del Mundial, que Piqué venía rengo, que queríamos más minutos para Cazorla, Mata y Koke, jóvenes y con hambre, que Del Bosque pudo hacer una lista que adelantase ese necesario Plan Renove que llegará gracias a nuestra increíble Selección Sub-21 (Jesé, Deulofeu, Thiago, Isco, Koke, Carvajal, Alberto Moreno, De Gea, Morata...). Todo eso seguramente es verosímil, tangible y debatible. Pero no es el día.
“Yo soy español...”. En una noche de tanta zozobra (esos chilenos diciéndonos adiós con sorna me tocaron el orgullo), me quedo con las ilusiones vividas durante estos seis años irrepetibles. No olviden que el mundo entero llegó a rendirse a este equipo construido para hacer del control de la pelota un objeto de culto. La materia prima ayudaba. Pero si los yogures tienen fecha de caducidad, qué les voy a contar del esplendor futbolístico de un ser humano. Me voy cantando a casa: “Volveremos, volveremos, volveremos otra vez a ser campeones como en 2010”. Te quiero, ESPAÑA.



