El talento y el talante de Márquez enamoran

Raúl Romojaro
Redacción de AS
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En ocasiones me pregunto si los aficionados españoles al motociclismo somos plenamente conscientes de la enorme fortuna que tenemos con la generación de pilotos de la que ahora disfrutamos. Nos hemos acostumbrado a tanta excelencia en los grandes premios que quizá no la valoremos en su justa medida. Son muchos los ejemplos para justificar esta euforia, pero personalmente creo que en el vértice de tan magnífica representación se encuentra Marc Márquez. No pretendo, desde luego, desmerecer al resto de nuestros mundialistas pero la figura del ilerdense me parece de tal magnitud que creo que se erige de forma casi espontánea sobre las demás. Y lo que es más importante, diría que lo hace tanto dentro como fuera de las pistas, lo que resulta doblemente valioso y complicado.

Márquez se ha ganado sus galones en los circuitos con sus tres títulos mundiales, con su arrolladora conquista de MotoGP, con sus récords de precocidad… Pero a continuación se quita el mono de cuero, se despoja del casco y saca a relucir esa sonrisa que encandila, esa humildad que emociona y esa felicidad que desprende para hacerse todavía más grande, más universal, más idolatrado y querido. Sus seguidores en las redes sociales se multiplican con el transcurrir de los segundos y los más sesudos especialistas en el deporte, como el jurado de los Laureus, se descubren ante sus gestas y su personalidad; las jovencitas suspiran por él, sus rivales le temen; los patrocinadores le anhelan y las marcas de motos le codician. En definitiva, resume la majestuosidad del deporte. Y sí, es uno de los nuestros…

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