Apagaron y se fueron
El Barça ya lleva tiradas algunas toallas, pero el sudor persiste. En la afición y en el equipo. El descalabro de Granada es una continuación fiel de las adivinaciones del desastre que el equipo anuncia desde hace un buen rato.
Sin luz. Tras el descalabro atlético del último miércoles, cuando el Barça arrojó la toalla europea, pudo decirse “Apaga y Vámonos”, que es el eslogan del desistimiento. Anoche habría que decirlo en pasado: apagaron y se fueron. Los futbolistas del Barça jugaron ante el Granada una primera parte en la que no sólo desistieron, sino que además se desentendieron. Y cuando quisieron enmendar sus yerros y su apatía surgió en el campo la negra sombra de la mala suerte que juega con el Barça a veces hasta hacerlo desaparecer por el boquete de un túnel en el que no hay luz ninguna.
Sombra. Ni luz ni posibilidades de encenderla. Todas las metáforas, en este partido y en los recientes descalabros ligeros y coperos, tienen que ver con la falta de luz y con la persistencia de una sombra que causa desánimo y frustración. Se dirá otra vez que es el fin de ciclo. Sí, es fin de ciclo. Por lo menos, es fin de ciclo hasta el miércoles.
Caras. El Plus ofreció una colección de caras. Los futbolistas no entendían qué les estaba pasando. Sucede cuando no te explicas el juego, cuando el esquema salta por los aires y cuando se convoca, a base de negligencia, el fantasma de la mala suerte. En fútbol, como en la vida, la mala suerte se invoca cuando las cosas suceden una vez. Pero cuando en la rodada se cae tantas veces en los mismos defectos, entonces ya no es mala suerte sino mal planteamiento. El Barça está mal dibujado, con indecisión; es un Barça de circunstancias, convocado a jugar sin convencimiento. En la segunda parte surgió el orgullo herido, pero ya se había perdido demasiado tiempo, y el contrario también juega. Las paradas del portero granadino, las ocasiones que parecían letales de Neymar o de Iniesta fueron oportunidades que hay que colocar en la zona de la mala suerte. Pero el conjunto había tirado la toalla. Las caras de los futbolistas fueron el espejo de esas acciones, pero sobre todo resultaron la crónica de un desajuste anunciado.
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Provisionalidad. Algo que ayer tuvo al Barça en vilo fue la provisionalidad suicida de su alineación. Busquets es fundamental en el centro, es quien garantiza una antigua razón de ser del equipo, la conjunción defensa-delantera; Song no es ese hombre que le dé cemento y energía distributiva a la defensa. Y el Barça se rompió muy pronto; cuando quisieron coserlo sus futbolistas lo hicieron con voluntad pero sin entusiasmo. Estaban apagados porque se habían ido, y no tuvieron la chispa que suele convocar la buena suerte, es decir, el acierto. Este carácter provisional del Barça de anoche lo persigue desde hace rato. A veces se despierta y acierta, pero es el acierto que se tiene después de las pesadillas. Ya no hay sueño, ya el Barça no alberga ningún sueño. Ahora el túnel se llama pesadilla.
El siglo. No se acaba un ciclo. Por la densidad de estas derrotas recientes, incluidas las de Valladolid y la que hubo ante el Valencia, lo que se acaba parece un siglo. El orgullo herido tiene una última oportunidad de desquite, el partido del miércoles ante el Real Madrid. Los que somos aficionados sabemos que, aunque digamos todas estas cosas que estoy diciendo, la ilusión jamás se pierde. Así que, repito, yo pospondría esa radical invocación al final de etapa al último minuto del equipo en Mestalla. Ojalá es una palabra que no juega al fútbol, pero que se aloja en el corazón de los aficionados tristes. Apaga y vámonos.




