El vendaval y la brisa
El Barça opuso brisa a un vendaval y así no hay manera. El equipo azulgrana exhibió una falta casi absoluta de sentido del orden en los primeros compases del encuentro y sucumbió en seguida al viento racheado del equipo colchonero.

Enhorabuena. Laudrup lo dijo ayer en este periódico. El Atlético de Madrid se ha situado en la mejor plataforma para la Champions. Tiene razón; el Barça se la debe dar, y aunque le dispute la Liga, e incluso se la dispute en el partido de la Gran Revancha, cuando acabe el campeonato, se tiene que decir que es el equipo madrileño justo semifinalista. No porque lo haya hecho mejor que el Barça, pues no es así, sino porque ha mostrado las agallas atacantes que hacen falta cuando tienes dentro de tu cerebro futbolístico la incertidumbre de un resultado. El 1-1 le exigía a cualquiera de los dos dar el primer golpe en la mesa; el Barça se entretuvo pensando cómo debía hacerlo, y cuando se vino a dar cuenta ya el Atlético había cumplido el mismo cometido. Enhorabuena a los atléticos. Con todas las palabras. Nos veremos en la Liga, nos seguiremos viendo; y suerte en el camino a Lisboa.
Delicatessen. El Barça mezcló, desde que se vio acorralado por el resultado, la delicatessen y el desorden. Por segunda vez en esta parte de la temporada, Neymar fue el jugador delicado, se ocupó de sí mismo y de los demás, hizo filigranas irreprochables y otras muy reprochables, y dejó a Messi a la altura de un segundón. Pero a esa delicatessen se le acabó la espuma cuando más atrevimiento o más acierto se requería. Unidos en esa manera de acorralar al Atlético, con delicadeza y también con brío, estuvieron algunos deslumbramientos del citado Messi, del propio Neymar y de Xavi; pero en el otro lado, Villa por ejemplo estrelló dos balones en el palo, y Pinto despejó un gol cantado cuando el partido boqueaba —para el Barça— como los peces que agonizan fuera del agua. Tardó el equipo azulgrana en darse cuenta de que le falta una racha de viento y no tanta brisa. Entonces entraron Alexis y Pedro, pero los partidos duran noventa minutos. Y fue tarde para romperle al vendaval su fuerza.
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Enfrente. El Barça tuvo enfrente a un coloso defensivo, cuya figura estelar es el portero belga, Thibaut Courtois. Ya pasó en Barcelona el martes de la semana pasada. Era el mismo equipo, el mismo portero, igual defensa, y sin embargo el dispositivo táctico ideado por Martino para esta ocasión (la incorporación tramposa, y legítima, de Fàbregas, en el centro de la delantera) se comprobó mal entrenada, o por lo menos muy levemente entrenada para un enfrentamiento de esta envergadura. Ahí es donde el Barça fue más brisa, mientras que donde el Atlético fue más vendaval era en la delantera, sincopada, peristáltica y poderosa, una afrenta futbolística para la ineptitud que se adivinaba (y que se verificaba) en los defensas barcelonistas.
Fútbol. Es fútbol, y hubo buen fútbol anoche en el Vicente Calderón; esas circunstancias que se conjugan en contra del equipo de Martino no son enmiendas a la totalidad; sería necio ignorar jugadas extraordinarias, como las de Neymar, y esfuerzos de futbolistas como Iniesta o Pedro, arrancadas de gente como Alba, o algunas de las buenas jugadas con las que Pedro hizo respirar cierta ilusión en la parte final del encuentro. Pero no bastó, en primer lugar porque era muy poco frente a esa defensa que pasará a la historia reciente del fútbol con un nombre: el sistema Simeone, que consiste en prevenir para no tener que curar. Esa teoría del “partido a partido” se basa en la defensa, lo que pasa que la gente le atribuye todo a Diego Costa.




