La puerta del azar que se convirtió en desgracia
Conmovió la grave lesión del meta.

Fútbol es fútbol”, me dijo un sabio del fútbol la noche en que se lesionó Víctor Valdés. Ante desgracias así, tan contundentes y tan visibles, no hay nada mejor que el sentido común de las frases hechas para definir lo que ha pasado ante nuestros ojos. Paró, falló en el bloqueo, agarró de nuevo la pelota, y ante los ojos de millones de telespectadores y de miles de espectadores en directo, ante sus compañeros, que son sus amigos, empezó a llorar, conmovido por su propia desgracia. Luego lo agasajaron los suyos y los contrarios, y se dijo que Iniesta, que es como su hermano, se había quedado en el vestuario para aliviarle el ánimo. Luego se supo más, y ya está el mejor portero que el Barça ha tenido desde Zubizarreta purgando el azar fatídico del fútbol. Pues sí, fútbol es fútbol.
Pero es mucho más que fútbol, aunque éste esté compuesto de azar y, por tanto, de desgracia. Para otro propósito, Albert Camus, que fue portero, utiliza en su más célebre novela, El extranjero, una frase escalofriante que incluye ahí, por casualidad, la palabra puerta. “La puerta de la desgracia”. El extranjero toca a la puerta de la desgracia. Me acordé de esa frase por la coincidencia. El portero vive ahí abajo, entre los palos, amparado por la soledad infinita del larguero, que es su límite con la calamidad o el cielo, los momentos de alegría de los suyos cuando marcan; en el caso de Víctor, salta y toca el palo largo cuando están contentos porque Messi o cualquiera marcó un gol. Pero cuando la desgracia es suya, cuando el balón toca a la puerta de la desgracia del portero, el mazazo más contundente le corresponde.
Noticias relacionadas
Hasta ahora, con los altibajos que también ha tenido el equipo, Víctor Valdés ha sido un hombre feliz bajo los palos, pero la lesión ha venido a tocar a la puerta de la desgracia y ahora ha de estar inactivo hasta que amanezca otra Liga, quizá en otra parte. Ya había avisado de que se iba; lo hizo con decisión y tacto, hasta tal punto que nadie de los que siempre hacen (o hacemos) bulla se ha atrevido a cuestionar, desde ningún lado, su libérrima ansiedad de probar suerte en otro sitio. Pero la desgracia se ha cruzado con la suerte, y ahora la solidaridad multilateral que ha seguido a su lesión incluye la incertidumbre que se expresa sobre su futuro.
En el famoso poema de Kipling If, que a veces traigo a estas páginas, se dice que la fortuna y el fracaso son dos impostores que se resuelven de una manera u otra en sesenta segundos. Esos sesenta segundos (¡y aún menos!) convirtieron el futuro de su ilusión en la realidad de su incertidumbre. Me gustó imaginar que Iniesta se quedaba a darle ánimo. Fútbol es fútbol, y tiene a veces estas estampas conmovedoras. Porque el fútbol es un juego rabiosamente humano, sometido a la desgracia; de donde mejor se ve que es así es desde la puerta que guarda el cancerbero.




