La envidiable escuela del maestro Del Bosque
El fútbol se rige por la humildad, la paciencia y el rigor.
AS despidió el año con una portada que era una declaración de principios, y no sólo del periódico, supongo, sino de un entendimiento del fútbol. Se la dedicó a Vicente del Bosque.
Tener la actitud de Del Bosque es consecuencia de un aprendizaje; no es tan sencillo, en un mundo tan complejo como el de las estrellas (las del banquillo y, sobre todo, las estrellas del campo), mantener así la cabeza fría y el corazón caliente. Como un maestro republicano, atento a los alumnos pero también atento a lo que es la tradición educativa, de respeto al otro, el entrenador de la Selección española ha ido impartiendo algunas lecciones que no tienen que ver tan solo con su lugar en el campo sino que marcan su manera de estar en la vida.
Reclamar humildad en contra del empacho del éxito y proclamar que ganar no es el único objetivo, como dice en esa entrevista que le hizo Joaquín Maroto, no es políticamente correcto en el universo que vive, en el que vencer es todavía un término vikingo que significa aplastar y, no sólo eso, aplastar muchas veces.
El fútbol, que es quizá el más solidario de los juegos, pues lo disputan once y hay otros once que están enfrente, se ha ido convirtiendo, desde el patio de la escuela hasta la competición de élite, en la consecuencia del trabajo de las individualidades. Los medios (y los clubes) han entronizado a los genios y han aupado, para luego tirarlos por la borda, a genios de un día o dos, de los que ya no se acuerda nadie. Porque entró en el fútbol el negocio como la primera palabra; y la competición se ha hecho a cara de perro. Se juega para ganar, claro, pero es que ahora se juega para ganar más, mucho más, y para ganar muchos títulos, muchos trofeos, mucha quincalla gloriosa.
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Frente a ese monstruo de oro que hemos ido construyendo con el barro del fútbol hay gente como Del Bosque, que cultiva (y dice) algunas palabras que son esenciales en la vida, y por tanto en el fútbol. Él practica lo que dice, pues jamás le oirás una palabra de rencor hacia sucesos que a él le afectaron en el pasado, y desde esa posición noble que ocupa en la vida (ahora, además, es oficialmente noble: el Marqués de Del Bosque, miren por donde) anuncia la humildad de los victoriosos como la única manera de prepararse para ganar otra vez, si se da el caso.
En un tiempo en que la luminaria vale más que el sosiego, contar con una persona así en esta sociedad de tanto personaje produce regocijo, esa íntima forma de la alegría. Ojalá gane en Brasil, ojalá enseñe también a perder en Brasil. Porque ganar viene de aprender a perder, a entender que el otro también tiene méritos para ser mejores que nosotros.




