La tercera parte

El fútbol es sonido y cuando no hay fútbol sólo hay rumores

Los efectos del parón de Liga.

El Manchester ganó ayer al Hull.
Juan Cruz
Actualizado a

En Inglaterra tienen mucho éxito los canales en los que se retransmite tan solo el sonido de los partidos de fútbol. Natural: allí lo inventaron y allí saben que el fútbol es sonido. En España, donde tanto fútbol hay a lo largo del año, paran cuando más se quiere oír el sonido de los campos… Menos mal que José Ramón de la Morena inventó el fútbol alevín de invierno en Arona, Tenerife, porque si no el hambre de fútbol entre nosotros hubiera sido total. Pero volvamos al sonido.

Los que somos de la época de los balones ruidosos asociamos el fútbol a aquellos patadones de los jugadores de los equipos modestos. En un libro que les recomiendo, en el que escriben sus experiencias periodistas de AS y de otros medios del grupo Prisa (y que se vende para beneficio de Unicef), el director de este periódico, Alfredo Relaño, recuerda cuando descubrió el olor de la hierba en un campo de juego, su fascinación ante el estadio, su sugestión infantil ante lo grandioso que se avecinaba.

Mi fascinación viene de otro lado, y casi de otro lado del mundo. Yo vivía en mi pueblo, el Puerto de la Cruz, al norte de Tenerife, y mi padre me llevaba a ver los partidos en el campo de El Peñón, donde entonces era tan bueno el equipo (que vestía de blanco) que a nuestro Puerto Cruz lo llamaban “el pequeño Real Madrid”.

Lo que más me llamaba la atención de aquellos partidos, que veíamos subidos a los muros de las plataneras aledañas, era el sonido de los despejes. Pum, no: puuuuuuuuum.

El sonido grave y prolongado que hacía la bota rotunda contra la igualmente tensa pelota de cuero que se iba al aire lleno de salitre y de polvo. Llegaba el balón al campo como un obús cansado de viajar, y entonces se empezaba a jugar, en cualquier demarcación, como si hubiera caído un meteorito cuya disputa aliviaba la posibilidad de que se hiciera pedazos.

Era muy emocionante, pero mucho más que la disputa en sí el sonido de la disputa, el jadeo de los futbolistas, el sonido rastreado de los pies que buscaban, entre otros pies, la preciada pelota; y ésta, sudorosa y polvorienta, se escurría entre las botas toscas de los jugadores hasta que hallaba el reposo feliz del saque de banda. La mano (la mano de los que sacaban de banda, las manos del portero) era la única caricia que recibía ese balón sumamente fatigado y ruidoso.

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Ha pasado el tiempo sobre el sonido de los campos, y yo tengo nostalgia de aquellos ruidos tan extraordinarios, que convertían el fútbol en la catarsis semanal de los que iban (de los que íbamos) al campo para no seguir escuchando (entonces) el sonido cansado y triste de nuestras propias casas.

Ahora que no hay fútbol pienso en eso; pienso, por ejemplo, en cómo nos las arreglábamos para seguir viviendo sin el sonido del fútbol. Nos las arreglábamos, pero muy malamente. Por eso amo el fútbol, por su sonido. Por eso, imagino, los ingleses, que tienen tanto silencio en las casas, compran los canales en los que sólo se oye el ruido de la pelota.

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