Caerse es parte del juego
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Recuerdo bien una conversación que tuve hace muchos años, demasiados quizá, con Juan Garriga. Se acababa de retirar de los grandes premios de motociclismo y era uno de los primeros (por no decir el primero) pilotos de élite que pude conocer personalmente que se había decidido a dar el salto de las dos a las cuatro ruedas. Le pregunté por su experiencia compitiendo en Turismos y su respuesta ya digo que se me quedó grabada: “Es estupendo. Te equivocas o te sales de la pista… ¡y no te caes!”. Claro, un error para él era casi siempre sinónimo de caída, así que buscar los límites sin la sensación de acabar por los suelo le resultaba gratificante. Y semejante obviedad es, en mi opinión, una de las diferencias significativas entre las carreras de coches y de motos.
Los pilotos asumen que caerse es parte del juego. Incluso los que simplemente vamos en moto por la calle. Ya saben aquello de que hay dos clases de motoristas, los que se han caído… y los que se van a caer. Una circunstancia intrínseca a este deporte y que influye en su desarrollo, puesto que debe ser tenida muy en cuenta como una incógnita más a despejar en la ecuación del triunfo. Por suerte, lo que sí se ha conseguido con el paso del tiempo y muchos esfuerzos es minimizar las consecuencias de los accidentes. Por supuesto que siguen produciéndose lesiones, muchas, y desgracias, pocas aunque deberían ser menos, pero nada tiene que ver hoy en este aspecto correr en moto con hacerlo hace dos décadas. Y es algo por lo que debemos felicitarnos…




