El enemigo en el suelo merece tanto respeto como el compañero
El fútbol es mejor sin insultos.
Desde chicos somos vengativos, qué se le va a hacer. Y el fútbol nos enseñó, torcidamente, que al enemigo ni agua. A veces hay momentos conmovedores, cuando los futbolistas de equipos contrarios se buscan, después de una lucha encarnizada, para intercambiarse camisetas. Hay ocasiones, incluso, que hasta los jugadores amonestados o expulsados se dirigen con corrección y hasta simpatía al peor de los adversarios, el árbitro.
De nuevo, así es la vida. Si no existiera esa pimienta, dicen, ¿qué sería del fútbol? Para mi gusto, sería mejor. Sin aficionados que berrean el nombre del adversario como si fuera un perro que no merece mejor ventura que un cerdo. Luis Carandell, el extraordinario estudioso del comportamiento español, tenía una sección en la revista Triunfo que logró perlas extraordinarias sobre la cólera o la estupidez del español sentado. En una de esas viñetas reprodujo una pancarta que se vio en el campo del Málaga, con ocasión de un partido en el que jugaban el equipo local y su encarnizado rival regional, el Sevilla. Ya se sabe que el Betis y el Sevilla no se pueden ver, pero se necesitan, y con el Málaga y el Sevilla pasa tres cuartos de lo mismo. Pues en aquella ocasión de máxima rivalidad un aficionado llevó esta pancarta al graderío: “Cerdos, perdonen que les llamemos sevillanos”.
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De ese odio común en los campos hay muchísimos ejemplos; últimamente se juntó a la rivalidad regional o nacional la desconsideración racial o el insulto moral. En el ámbito racista ha habido momentos tristes, como cuando un grupo de energúmenos la tomó con el color de Etoo. Y ya conté alguna vez lo que yo mismo escuché en el Bernabéu cuando ya Luis Enrique era azulgrana. Ahí se juntó todo y la gente (entre otros, el energúmeno que estaba ante mí en la grada) empezó a gritar, ante la presencia del asturiano: “Luis Enrique, tu padre es Amunike”. Ya saben, Amunike fue un desafortunado futbolista de color negro que estuvo en el Barça. Y en ese momento aquel compañero de grada le decía eso al que otrora fue madridista. Yo me permití tocarle en el hombro al insultador. Le dije: “Ese futbolista es pariente mío”. Entonces empezó a insultar a otro, no recuerdo si a Rivaldo.
Pero hasta ahora en esta ristra de desafectos nunca había leído algo que contó en AS un futbolista del Olímpic de Xátiva que le dijo el madridista Di María a su contrincante Julio de Dios, entonces en el Alcoyano, con éste ya en el suelo: “Ahora vas y me pides la camiseta, eres un fracasado”. Caramba. No sé si a este ángel le asesora alguien acerca de su comportamiento, pero aquí sacó sobresaliente en insulto. Lástima que por eso nadie te diga nada en casa.




