Vivir sin la pasión por el escudo

Moisés Llorens
Importado de Hercules
Actualizado a

Pep se llenó en el año sabático de Nueva York. Sí. Para muestra, la elegante puesta en escena de ayer en la sala de Prensa del Allianz. Lejos queda aquella imagen que mostró el día que anunciaba que se iba del Barça. Cierto es que aquel día (27 de abril de 2012), tras caer eliminado en semifinales de la Champions ante el Chelsea, había recibido un duro mazazo: fue entonces cuando se enteró que su amigo Tito Vilanova agarraba galones y lo relevaría en el banquillo. Aquella resultó ser una mañana muy movida, demasiado ajetreada como para poder disfrutar de sus últimas horas como el mejor entrenador de la historia del Barcelona.

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Es ahora cuando a Guardiola le llega el momento de demostrar su profesionalidad. Hasta el momento había vivido de la pasión de representar el escudo de sus amores. Pese al duro día a día, llevar el emblema del Barça en el corazón le valía para encarar cualquier situación y a cualquier rival que se le irritase, ya se llamase Mourinho, Solbakken, Florentino Pérez, Clos Gómez, Ibrahimovic o "la central lechera". Ahora todo será diferente. Sabe que su paso por Múnich tiene fecha de caducidad, pero no por ello dejará de entregar un trocito más de su salud con el fin de que su equipo juegue bien al fútbol.

Por ahora todo fueron elogios. Mañana se reunirá con gran parte de sus jugadores, a los que exigirá la máxima implicación desde el primer minuto de la sesión hasta que acabe la temporada que comenzará en agosto. No hay más. Ese es el éxito de su carrera, el motivo de su alopecia y la razón por la que el Bayern ha querido, sí o sí, que un entrenador español se estrene en la Bundesliga, en lo que debe ser una aventura inolvidable.

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