La cantera inagotable del CEV

Raúl Romojaro
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A menudo me preguntan sobre el aplastante dominio de los pilotos españoles en el Mundial. Algunos sobre la conveniencia de estas circunstancias (ya saben, la teoría razonable de que tanta hegemonía resta interés) y otros sobre las razones de tal hegemonía. Y lo cierto es que una cosa lleva a la otra. No hay tantos pilotos españoles en la élite porque alguien lo facilite o lo promocione (ya quisiera Dorna que triunfaran alemanes, ingleses, italianos, franceses... o chinos), es simplemente la consecuencia de un trabajo bien hecho en muchos aspectos y cuya punta del iceberg es el Campeonato de España de Velocidad (CEV). Son decenas los pilotos que han llegado a los grandes premios desde nuestro Nacional, porque es sin discusión el mejor certamen de estas características en el mundo.

El CEV se ha convertido en el trampolín inevitable al Mundial, el paso previo obligado para los pilotos de talento una vez superada su primera fase de formación en categorías inferiores. Allí llegan los mejores desde la base de la pirámide, pudiendo demostrar que merecen alcanzar su vértice en un campeonato bien organizado, con difusión y, sobre todo, que se disputa en circuitos modélicos especialmente en cuanto a seguridad. Porque si algo necesita un piloto que empieza a perseguir la excelencia del triunfo es poder buscar sus límites con las mayores garantías posibles; en otros países, los padres no quieren que sus hijos compitan porque se enfrentan a un serio peligro e incluso los chavales descubren la dureza de este deporte en cuanto sufren una caída y se lesionan de gravedad.

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