Erhard Loretan: El recuerdo de su ausencia
Los que no estamos tocados por una fe que nos haga esperar confortablemente la llegada de una vida eterna después de la muerte, pensamos que lo más parecido a la inmortalidad es que haya alguien o algunos que te recuerden con cariño una vez que has muerto. Supongo que algo tiene que ver con esta idea el tener que hacer recuento de cuántas buenas personas hemos perdido en este año que se acaba de ir. En este caso esta reflexión viene a cuento de un magnífico documental que acabo de ver en el pasado Festival de cine Montaña Kutxabank de Bilbao. La película ganadora es una reflexión hermosa, ejemplar, y de una tristeza infinita, sobre la vida y muerte de Erhard Loretan, un alpinista suizo que fue el tercero en conseguir escalar las catorce montañas de más de ocho mil metros.
Loretan era un guía de montaña suizo de fortaleza extraordinaria con el que coincidí en la Antártida y en el K2. Era uno de esos montañeros auténticos para los que el alpinismo comportaba una ética (fue de los primeros en criticar el uso de botellas de oxígeno y las cuerdas fijas en el Everest) y un Sentimiento de la montaña, pues lo que más le gustaba de su profesión era enseñar a amarla. Una vez escalados los catorce ochomiles, Loretan se dedicó de lleno a su profesión, que, a partir de entonces, fue su pasión. Pero en el año 2001 vivió una tragedia que le marcaría la vida. Al zarandear a su bebé de meses, que estaba llorando, le provocó la muerte. Con la misma valentía y honestidad con la que se enfrentó al Everest, se autoinculpó ante el juez para que su caso fuera ejemplar y no volviera a ocurrir un caso así. Fue condenado a una pena de cuatro meses que no llegaría cumplir. Su verdadera condena fue seguir viviendo con ello.
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Años después comenzó una relación con una clienta, que casualmente era una jueza a la que le gustaba practicar el montañismo y que, como casi siempre en estas historias de amor en la montaña, tiene que ver con la vida y la muerte. Justo el día de su 52 cumpleaños, el 28 abril de 2011, en una ascensión sencilla en los Alpes, en una montaña del Oberland Bernés de poco más de cuatro mil metros de altitud, su novia le arrastraría al vacío provocando su muerte. Quizás, en un último reflejo del gran guía y alpinista que fue, Erhard trató de frenar la caída y su amante lograría sobrevivir.
Todo el documental es una lección de cómo contar una buena historia y también para preguntarnos, con cierta nostalgia, para qué debe servir una televisión de calidad. Pero es, sobre todo, una reflexión sobre la vida y la muerte, sobre la amistad y el amor, sobre la pasión de ser alpinista, de cómo compartir la montaña con las personas que más queremos y de cómo se afrontan las dificultades de la vida, incluso en una tesitura tan dura como la que vivió Loretan. Me quedo con la frase que dice su chica (más o menos, hablo de memoria) y que cierra este magnífico documental: "Sé que tendré que vivir lo mismo que él vivió. Con la pena de haber provocado la muerte de quien más quería. Ahora mismo tengo un vacío descomunal... Sólo podré llenarlo con el recuerdo de su ausencia..." Todos los que sufrimos pérdidas podemos hacerla nuestra. Podemos llenar el enorme vacío de la gente que queremos con el recuerdo de su ausencia. No deja de doler pero nos mitiga recordar lo grandes que fueron.



