Ilusión allí donde había ansiedad

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Justo cuando el Bernabéu alcanza los 65 años, lo que correspondería a la jubilación tradicional, el Espanyol se juega hoy llegar a las 18 temporadas, una suerte de mayoría de edad, sin una sola victoria en el feudo del Real Madrid. Pero si esto resulta paradójico, más lo es la capacidad de Aguirre por inyectar ilusión allí donde sólo había ansiedad, pese a que el equipo continúa en la misma zona de descenso en que se hallaba cuando el Vasco sustituyó a Pochettino; y ya quedan dos jornadas menos para remontar. Un par de semanas en el cargo le han bastado para revertir los ánimos de los jugadores, de la directiva -inmersa en una contrarreloj para pagar su deuda a Hacienda- e incluso de la afición. La fe mueve montañas, no sabemos si también tumba maleficios.
La inyección anímica de Aguirre sí tiene un porqué. Recogió a un equipo peor que malherido: sin alma. En los últimos partidos de Pochettino, el mismo que convirtió el descenso seguro de 2009 en una salvación milagrosa, los jugadores vagaban sin rumbo sobre el césped. En los dos primeros del mexicano, volvió a aparecer la sensación de bloque. Este Espanyol de Aguirre no saldrá al Bernabéu a defender un fútbol de toque, sino a defender a secas. Líneas juntas, uniformidad de movimientos como si jugasen en un futbolín y balones largos a la espera de una ocasión que cambie la historia. Pocos se divertirán, como sí sucedía antes. Pero no son tiempos de esmoquin, sino de mono de trabajo. De hambre. Y de ilusión, a falta de realidades a las que aferrarse.



