Hernández, la prueba de la oscuridad

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Lopera desempeña el papel de Eva en este drama bético de las instituciones. Fue Donmanué el que cometió el pecado original de quejarse habitualmente de los arbitrajes, de entrar incluso en la caseta de algún trencilla que la lió en Heliópolis. No le faltaba razón al de la calle Jabugo, pero las formas le mataron. Debió de mostrarse más sibilino, tanto como lo era, por ejemplo, a la hora de malmeter con los fichajes. En la corte del fútbol español es mejor estarse calladito. Protesta, sin tener nombre de equipo grande o muy grande, y espérate seguro alguna venganza. A nuestro balompié lo gobiernan tipos que entre la ineptitud y el antojo manosean horarios, designaciones arbitrales, clausuras, sanciones y hasta reglamentos. Como te pillen por medio, ojú.
Este oscuro proceder puede ser personificado en un tal Hernández Hernández. Aquel escándalo mayúsculo que le montó a Mel en Ponferrada no hizo más que retrasar su ascenso. Hijo y nieto de árbitros, daba igual si pitaba bien o mal: le habían bautizado para Primera, en donde milita ya. Es probable que el Betis se encuentre con Hernández cualquier jornada, en cualquier campo de Dios, y que ese día, cosas del rencor, las decisiones controvertidas no favorezcan nunca a los verdiblancos. Entonces que nadie recurra al pataleo. Sólo servirá meterse en un despacho de Las Rozas y gritar por fin algo como "cura, abbiamo 1 milione di tifosi (cuidado, tenemos un millón de hinchas)". Así, en italiano maquiavélico: es de los pocos idiomas que entiende esta gente.



