El éxito de una gran Vuelta
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La Vuelta ha dado con la clave para atraer aficionados al ciclismo, y ahí está su millón largo de fieles telespectadores. Más que en el Tour. Los finales en alto han conseguido hacer reconocibles a los ciclistas desde el primer día. Ya no es sólo Contador. Es Purito, es Valverde, es Froome y sus inseparables escuderos Urán y Henao, es Antón aunque se nos está perdiendo, es Cobo que se nos está viniendo arriba... Los nombres propios y reconocibles son imprescindibles para fidelizar la audiencia. Ese es precisamente el éxito de la Fórmula 1. Los pilotos, a base de ser siempre los mismos, se nos han hecho familiares y uno toma partido ya casi sin querer entre los buenos buenísimos y los malos malísimos. En esta Vuelta sucede algo parecido.
Los finales en alto nos permiten ver el rostro y los esfuerzos de Contador, de Purito, de Valverde, de Froome... Les ponemos cara a todos, nos desatan las emociones y nos meten en la carrera. Como la cita es cada día puntual y fiel, los movimientos de los equipos para preparar la subida a sus líderes comienzan también a ser objeto de debate y tertulia. ¡Magnífico! Gracias a tantos finales en alto, los nombres propios del ciclismo no se esconden en el pelotón cuando las etapas, sobre todo en la primera semana, están condenadas a una llegada al sprint. El trazado ha obligado a que los grandes se hagan presentes desde el primer día, y el resultado no ha podido ser mejor. La Vuelta engancha a los aficionados y acerca a los curiosos. Un diez para esta Vuelta.




