En los Juegos no todo tendría que valer
Los Juegos de la XXX Olimpiada han roto algunas costumbres. Esto llama la atención por haberse celebrado precisamente en el país que más conserva las tradiciones deportivas. Gracias a estos ángeles custodios, competiciones centenarias como el Grand National, la Oxford-Cambridge, el Seis Naciones o Wimbledon conservan muchos de sus rasgos originales. Pues esta voluntad de mantener las cosas como han sido siempre contrasta con los cambios que hemos presenciado en Londres, y que rompen las tradiciones olímpicas.
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Empezó con lo que pudiera considerarse acto de lesa humanidad el hecho de apagar el pebetero tras celebrarse la ceremonia inaugural para trasladarlo a uno de los fondos del estadio. Un pebetero realmente original, pero que por su tamaño y por su disposición, su visión quedaba limitada al interior del estadio, cuando, tradicionalmente, el pebetero ocupa el lugar más prominente para que presida no sólo el atletismo, sino cuantas competiciones se celebran a su alrededor, en el llamado anillo olímpico.
Los Juegos comenzaron con la llama secuestrada -no se volvió a ver hasta una semana después, cuando comenzó el atletismo- y acabaron privando a los maratonianos -como se hizo con los marchadores- de uno de los momentos mágicos: la entrada al estadio. La maratón siempre ha sido tratada con grandes privilegios, y solía ser la que coronara al último campeón. Una maratón olímpica no puede acabar en la calle. Ya pasó en Pekín, pero que en Londres prevaleciera el interés turístico sobra la tradición olímpica, es mala señal. Ya vale todo.




