El factor Laporta sigue ahí

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Dios no ha llamado a Sandro Rosell por los caminos de la oratoria. No es un líder de esos que levantan plateas. Más bien las aplatana. Y eso, que en la distancia corta es todo lo contrario. Rosell te pilla a solas en un ascensor y te vende una tostadora. Lo pones en un salón de actos y se la devuelves. Ayer, probablemente, Rosell realizó la mejor intervención ante la prensa desde que es presidente (tampoco es muy complicado, no han habido tantas) en lo que al fondo de discurso se refiere, aunque le sigue fallando la forma. Por mucho que diga que está enfadado y que aquí va a arder Troya, no me lo acabo de creer. Igual es cosa mía y ahora mismo el señor Alfredo Flórez, Pablo Laso, Florentino Pérez, Sánchez Arminio, Jorge Pérez y su jefe Villar, Mourinho, Alves e incluso Joan Laporta están que no les llega la camisa al cuerpo después de las palabras y el tono empleado por el presidente del Barça.
De entre todos los anteriormente citados, dio la impresión de que el factor Laporta era el que mediatizaba este cambio de discurso, que ha pasado de institucionalmente reservado a más contundente. O bravucón, que es como Rosell lo definió parafraseándose cuando hace una semana calificó así el estilo Laporta. El ex presidente no es que se hiciese el bravucón. Es que como le pasaba a Jessica Rabbit, lo han dibujado así y no puede hacer nada para gritar "Al loro" y no quedar mussoliniano o tirarse a una piscina vestido y parecer Peter Sellers en El Guateque. En ambos extremos, Laporta no parece impostar. Rosell, queriendo ser contundente y amenazante como lo era su antecesor da la sensación de ponerse un traje que no le sienta bien. Obviando además, que se lo pone a destiempo. Ahora ya es tarde para liarla.



