Yo digo Juan Carlos Rivero

Apareció el Casillas de siempre

Juan Carlos Rivero
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Tal y como se vio desde los primeros minutos a España le hacía falta profundidad y amplitud en su juego. La presencia de Navas fue decisiva casi tanto como la del portero. Otra vez. Iker volvió a resultar clave en los momentos más oportunos. Lo que por frecuente no deja de tener mérito. En la segunda parte los croatas apretaron más, conscientes de que el empate a uno les bastaba y que la victoria de Italia les dejaba fuera de la Eurocopa. Entonces apareció Modric, que lo hizo pocas veces pero con mucho talento, y le puso un balón extraordinario a Rakitic, que felizmente para España no es un extraordinario rematador de cabeza. Y aunque lo fuera. Porque su remate a bocajarro lo rechazó Iker cuando transcurría una hora de partido y ya no pensábamos en el biscotto italiano, ni en el cruce de cuartos, ni en repetir título antes de jugar la final. Entonces comenzábamos a pensar que a lo mejor éste no era el torneo. Que en el historial de los grandes equipos siempre hay un batacazo. El de España podría llegar en Gdansk. Pero no llegó. No tanto por el juego español, manifiestamente mejorable, sino por la intervención estelar de un futbolista tocado con un ángel especial.

Hace cuatro años un pie suyo se cruzó en el camino de un remate de Camoranesi ante Italia, y luego fue decisivo en la tanda de penaltis que cambio la historia del fútbol español. Ayer volvió a aparecer justo cuando se le necesitaba. Mientras veíamos volar el balón de Modric y nos temíamos lo peor en el remate de Rakitic. Fue un instante en el que olvidamos que él estaba bajo palos. Allí emergió el Iker de siempre. Incombustible y salvador. Y que dure muchos años.

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