Jorge Lorenzo nos regaló un sueño
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Diez años ya. El tiempo pasa deprisa y, casi sin darnos cuenta, aquel niño que debió esperar un día de entrenamientos en el GP de España de 2002 a tener la edad reglamentaria para poder competir en el Mundial se ha convertido en uno de nuestros campeones de motociclismo. Jorge Lorenzo ha crecido en los grandes premios, casi junto a nosotros, quienes le seguimos, ha madurado, ha aprendido, ha sufrido y ha triunfado. Poco tiene que ver ya con un quinceañero que soñaba con ser el mejor entre los mejores, entre otras cosas porque ese sueño nos lo ha regalado él. Pronto exhibió su talento inconmensurable, llegaron las victorias, dos títulos de 250cc y, a golpe de tesón y esfuerzo, la anhelada corona de MotoGP, la misma que parecía una utopía para el deporte español. Pero no lo era, un mallorquín demostró que todo es posible cuando se persigue un objetivo con ahínco y convencimiento.
Siempre recordaré un lejano domingo en el que Dani Amatriaín, el hombre que le descubrió y le puso en las puertas de la gloria, me presentó a quien entonces llamaban 'Giorgio' en el circuito del Jarama. Un crío de diez u once años, no recuerdo bien, que se agarraba unas pataletas de muerte no cada vez que no ganaba una carrera, sino siempre que no conseguía ser el más rápido con su diminuta Aprilia 50 incluso en los entrenamientos. A mí aquello me parecía excesivo, la verdad, no entendía tanta exigencia y tanto inconformismo; claro, yo veía a un niño jugando a ser piloto cuando en realidad tenía ante mí el germen de un grandísimo campeón. Con el paso del tiempo comprendí ese carácter insaciable, esa búsqueda de la perfección, ese afán permanente por ser el mejor... Sólo así se puede alcanzar el grado de excelencia que ha exhibido Lorenzo durante todos estos años... y que sean muchos más. Todos hemos disfrutado con ello, gracias por tan valioso regalo.




