Todo es cuestión de actitud
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Javier Hernández no tiene brazos. Pese a ello es un excelente nadador. No necesita los brazos para impulsarse. Los peces tampoco los tienen, y nadan de maravilla. Por eso todos los nadadores de élite imitan sus movimientos para cubrir bajo el agua los primeros metros de cada largo. Así llegan a cubrir quince metros hasta salir del agua. Pues Javier Hernández hace lo mismo, pero siempre sobre la superficie. Avanza arqueando el cuerpo y dando patadas de delfín. Ha alcanzado tal nivel que este verano va a ir a los Juegos Paralímpicos de Londres. Se lo presentamos en las páginas 42 y 43 del periódico. No es un caso único. En el mundo paralímpico hay muchos javieres. Pero como a nuestro Javier le conocemos bien, queremos que nos sirva de ejemplo.
El mérito de Javier no es ser deportista paralímpico, es tomarse la vida con plena normalidad. Si compite con los paralímpicos es porque su desventaja con quienes tienen brazos resulta enorme. El deporte no es su refugio ni su modo de vida, es simplemente una actividad más. Ha estudiado periodismo, ha trabajado en ello y hace deporte, con la diferencia de que nada tan bien que su nivel le da para ir a los Juegos Paralímpicos. Pero, como decía, su mérito no es ese; es su actitud ante la vida. Lejos de acomplejarse, de encerrarse y de aceptar su incapacidad, ha sonreído a la vida, y la vida le sonríe. Porque "cuando la vida te presente razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones para reir", leí en cierta ocasión. Gracias Javier por esa lección.




