Un Betis de otra época

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En la previa, Gordillo y compañía recordaban un Betis olvidado muchos años, pero que ayer se volvió a hacer carne. Un Betis de estadio hasta las trancas y de esperanzas hasta el final. Un Betis valiente que nunca se rendía. Los cuchillos de aquellos béticos cortaban jamón y sus botellas servían cerveza fresquita en gradas de permanente fiesta, incluso en la goleada rival. Aquellos béticos nunca tuvieron miedo del fútbol porque no les importaba perder. O más bien porque pocas veces perdían.
El Betis de anoche rescató aquel espíritu universal: llenar el Villamarín, ilusionarse y luego ganar... Y si no, marcharse a casa con una sonrisa, protegidos por ese escudo indestructible que lo rodea. Por ese eslogan que concede la inmortalidad a los que lo invocan para mirar a la muerte o a cualquier otro rival encarnizado sin temor aunque no valga jugar como los ángeles, aunque la suerte o la mala vista del trencilla te deje en el último suspiro con dos palmos de narices: Manque pierda.



