Cuando la portería esvocación

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Todo cuanto sé sobre la moral se lo debo al fútbol", escribió Albert Camus cuando la mayoría de los filósofos consideraban al deporte rey un asunto para gente ordinaria. Camus fue portero y, hoy que los hombres de letras sueñan con calzarse botas de tacos, existe poca gente con más tiempo que los guardametas para pensar sobre la vida, sobre el balón. Mucho se pasa en el banquillo, o durante ese tiempo en que la pelota circula lejos del área. Y así, repleto de reflexión, maduro, se nos presenta Fabricio a sus 24 años, edad en la que la mayoría de los que juegan con guantes aún no han comenzado a despuntar. Será por tanto bandazo entre A Coruña, Valladolid, Huelva y Sevilla, lejos de su Vecindario. Aunque eso no le haya quitado ni un poquito de acento canario.
Fabricio tiene en la mirada el poder, entre lo místico y lo natural, que da la intimidación. Los buenos porteros paran más con los ojos que con los guantes. Los delanteros dudan delante de los hombres que saben fruncir el entrecejo: Bogart habría sido mejor que Casillas. Fabricio conoce los secretos de esa seducción, lo demostró durante la entrevista, en la que se hartó de esquivar preguntas difíciles. Seguramente, porque lleva mirando así toda la vida, desde pequeño. No como tantos otros chavales que acaban bajo los tres palos de rebote. Su ídolo no es Iker, Valdés o Buffon sino Schmeichel, mito danés en Manchester, caballero del Imperio británico al que Fabricio ni siquiera vio en directo. Y eso, más que vocación, demuestra una auténtica fe en la portería.



