Gordillo, su inspiración de felicidad

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Comentaba Guillén en uno de sus pocos momentos de seriedad durante la comida que los palcos le impiden vivir el fútbol como lo hizo cuando ejercía de aficionado anónimo. Que resulta difícil, casi angustioso, celebrar los goles sin moverse. Y que le ponen de los nervios los resultados de este Betis que preside, tanto como para darle vueltas al cerebro y apartar la atención del césped. Ya casi no se fija en lo que ocurre durante los partidos: sólo espera al gol propio y, luego, a que pasen rápido los minutos para lograr la victoria y con ella, otro pedacito de esa vital salvación.
Pero no le importa. "Volvería a aceptar la presidencia", afirma Miguel sin vacilar. Un cargo que le da dolores de cabeza y que le quita, además, muchas horas a su trabajo como empresario aceitero, pero que, a pesar de los contras, no le ha eliminado esa sonrisa (profidén, le digo yo) que nos cautivó cuando era consejero: tanto como para que quisiéramos ascenderle a presidente. A seguir sonriente le ha ayudado seguro la compañía inseparable de Gordillo, inspiración que recomiendo si quieren algún día conseguir la felicidad. Pocas veces (ninguna) pierde la cercanía y el tono agradable el Vendaval, virtud ésta que, unida a su zurda eterna, le ascendió a lo más alto del mito verde y blanco. Eso bien lo sabe Guillén: ser del Betis, manque se pierda o se deba mucho dinero, significa también ser feliz.



