Rafa Nadal, orgullo de campeón

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Debe ser difícil, 24 horas antes de comenzar el Open, encontrarte llorando en la habitación del hotel, con la rodilla bloqueada y la moral por los suelos. Debería minar la confianza y las fuerzas de cualquiera, pero no de Rafa Nadal, que ayer, en ese Clásico inagotable que siempre maravilla, volvió a sacar su orgullo de campeón para hundir de nuevo a Federer y alcanzar su decimoquinta final de Grand Slam. La séptima de las últimas ocho. La cuarta seguida. Con 25 años. La temporada pasada fue muy buena para él, pero muy difícil, porque las seis derrotas en finales con Djokovic le escocieron tanto como seis llagas rociadas con sal. Tanto que, al término del curso, de sus palabras se desprendía una caída preocupante de la pasión.
Pero, en su cuartel de invierno de Manacor, se pertrechó de moral y armas. Tomó la decisión difícil de meter un poco más de plomo a su raqueta para buscar más profundidad en sus golpes aun a riesgo de perder sensibilidad y control. Con Toni acordó que había que meter más agresividad al juego, recuperar brillo con el servicio -su tío lucía ayer una camiseta con el lema Now serving, ¿mera casualidad?- y conseguir más winners, puntos rápidos y gratis. Contra Berdych marcó 57 golpes ganadores, récord personal según Toni. Rafa ha encontrado el patrón que buscaba. Y ha vuelto la pasión, con la determinación suicida de hacer lo que sea para tumbar este año a Djokovic. Para volver al uno.



