El genio más ambicioso y tenaz
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Se han cumplido 50 años de la autocanasta, una genialidad de Ferrándiz que obligó a cambiar el reglamento. Mas no fue una ocurrencia que le viniera en un momento de inspiración divina. En absoluto. En ese sentido Ferrándiz era como Picasso. Las musas siempre le pillaban trabajando. La autocanasta fue una acción bien premeditada. La tenía preparada desde hacía tiempo. Sólo tuvo que esperar a que la ocasión se presentase. Llegó en Varese. Ante el Ignis. Más propicia, imposible. Ganó por la mano a los maestros de la picardía. Ferrándiz, desde entonces, entró en la historia del baloncesto. Pero la cosa no había hecho más que empezar. Su ambición no conoció límites y viene al caso recordarla por la racanería que se ve hoy en día.
Ferrándiz lo quería ganar todo. Hasta los amistosos. Estuvo dos años y medio sin perder. Cuentan que Llaudet suprimió el baloncesto en el Barcelona al ver que nunca ganaría al Madrid. Cuando cinco años después volvieron a enfrentarse, Ferrándiz les estaba esperando. Ganó 111-66. En los siguientes años hubo un 108-72, un 113-56, un 102-73 y un ¡125-65! Faltaban diez minutos, el marcador lo decía todo (93-39), y Ramos y Prada no entraron hasta que Cabrera y Rullán cometieron la quinta falta. Para Ferrándiz no existían las rotaciones. Sólo la victoria. Y cuanto mayor fuera la diferencia ante el rival, mejor. Con él, el baloncesto fue un espectáculo. Igualito que ahora. Aunque Laso parece seguir esa escuela. Y se agradece. La afición ha vuelto al Palacio.




