Yo digo Antoni Daimiel

Agarrarse al clavo de Simeone

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Simeone es el clavo al que se agarra el sentimiento atlético. El momento más efervescente de la afición contra los dueños se resuelve con un guiño a una memoria rojiblanca muy retro que añora la raza, la garra y otros adjetivos que el modelo de la Selección y el Barça habían dejado anticuados. Simeone es un estandarte de todo ese terreno conceptual. 5.000 aficionados fueron a la primera sesión a gritar ole, ole y ole antes de jugar, sin toro y ni naturales. El argentino ha provocado picos de resultados distantes en su corta etapa como técnico. Fue un revulsivo de inicio, pero ha entrenado cinco equipos en cinco años.

El aspecto tarantiniano con el que llegó al Calderón (camisa blanca, traje, corbata estrecha y gafas negras) parece apropiado para el rol que insinúa: un profesional, una clase de cazarrecompensas que viene para hacer un trabajo fino, efectivo, limpio y rápido, como el Samuel L. Jackson de Cleaner. El problema, el ardor del clavo, es que el cine nos ha enseñado que un profesional como éste no hace prisioneros y que su modo de vida nada tiene que ver con la noción de proyecto.

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