La derrota le encierra, la victoria no se celebra
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Bielsa ha recuperado valores tan preciados en el club como sus trofeos, apilados en unas vitrinas que no se abren desde hace 27 años. El nuevo Athletic juega de tú a tú en campo rival, sin complejos, no finge caídas, no pierde tiempo ni protesta en bloque al árbitro. El rosarino rechaza ganar de cualquier manera, aunque su estado de ánimo cambie lo suyo en función del resultado. La derrota le encierra en su habitación, le sonroja. Cuando se llevó el primer varapalo contra el Betis en San Mamés le avergonzaba salir a la calle. La victoria no se celebra, es una obligación. Tras la exhibición del Sánchez Pizjuán, se apostó en la alcoba del vestuario para dar la mano uno a uno a sus leones, pero pronto recordó que debieron ganar 1-5, no 1-2. Se los ha ganado con su trabajo minucioso, sus lecciones de fútbol, explicadas en imágenes y ensayadas hasta hartar en Lezama. "Es el mejor entrenador que he tenido, hay que disfrutar de él lo que dure", confiesa un canterano con amplia carrera y vitola internacional. El Athletic tiene una caseta dócil, dispuesta a soportar su ritmo bestial y manías. En los viajes, se reparten las llaves del hotel y ya hay charla antes de la cena.
Manda al carajo el carácter introvertido que pasea si no tiene cerca el foco. Busca amistades lejos del bullicio, pese a ser consciente de que su presencia arma ruido y será descubierto. Pide secretismo a su círculo íntimo, en el que incluye a los niños, su otra pasión. Recoge álbumes de cromos para que sus leones se los dediquen, regala entradas, acerca aún más al Athletic al pueblo. Esos gritos entrenando, que a veces suenan violentos, buscan forjar un equipo campeón, que pruebe las llaves de las vitrinas. No pide fichajes y sí medios para modernizar a un club asustadizo.




