El plebiscito recordaríaa Lopera

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Recuerden a los Césares matando o salvando gladiadores en el Coliséum, cuando esperaban al juicio del público y luego ponían el pulgar hacia abajo o hacia arriba, según les saliera de la nariz y les dictara el otro yo, esquizofrénicos perdidos, locos de creerse dioses. Dos mil años después, ese club con pretensiones de modernidad en el que se ha convertido el Betis confiesa actuar de manera parecida. Así se desprendió de palabras públicas y privadas, ayer: "Respecto a Mel, escucharemos a la gente". Como si, con máximo y debido respeto a los aficionados, la continuidad o no del entrenador, la preeminencia de un proyecto deportivo debiera depender de los gritos de cuatro o cuatro mil hinchas exaltados por tal victoria o cual derrota. Un gran error.
Parece que el Consejo y sus ejecutivos pretenden dejar el marrón en manos de la grada, convirtiendo el partido de la Real en un plebiscito, digno de ejecución en plaza central. Más propio de fórmulas medievales para las que en el Betis no hay que remontarse siglos atrás: bastaría con hacerlo meses, cuando Lopera largaba al técnico de turno harto de los gritos del beticismo. Espero que Guillén, Bosch, Stosic o los que decidan no conviertan a Mel en cabeza de turco, que no aguarden a echarle o decidan hacerlo sólo cuando el Villamarín se les vuelva en contra a ellos y, un poco es ley de fútbol, del entrenador. Primero porque Pepe no lo merece. Y segundo, porque sería de malos gestores, de Emperadores locos o, peor, de tiempos oscuros, loperistas.



