Ni una final ni un partido cualquiera

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Nadie desciende a Segunda en noviembre. Y, desgraciadamente, eso lo tiene bien comprobado el Zaragoza de tanto vivir en el alambre y al límite de todo en el último lustro. Pero el partido frente al Sporting va a marcar en gran medida el devenir de esta temporada que se suponía algo más tranquila en lo deportivo, pero a la que tres derrotas consecutivas y el extravío de Aguirre han empezado a teñir de desengaño. Claro que no es una final, porque no hay finales en otoño, pero tampoco un partido más. El Zaragoza y su entrenador están a tiempo de todo, pero la reacción y la victoria son inaplazables para no correr el serio riesgo de caer al descenso antes o después de jugar en el Camp Nou, lo que dispararía todas las alarmas y las amenazas con la misma intensidad que en los dos últimos ejercicios.
Desde luego que el encuentro frente al Sporting no es un encuentro cualquiera. Ni por el pasado inmediato -tres derrotas consecutivas, un fútbol calamitoso y miedoso y un entrenador desafortunado en sus juicios y sus decisiones-, ni por lo que viene después: un parón de quince días sin posibilidad de revancha inmediata y nada menos que un partido en el Camp Nou antes de la visita del Sevilla. Y seguro que Aguirre, al que se supone ya más sereno, no habrá dejado de anunciárselo a sus futbolistas, por si acaso alguno todavía no es consciente de lo que hay mañana en juego. Al Zaragoza no le queda otra que vencer al Sporting, y, a ser posible, convencer a su parroquia con un fútbol digno de su historia.



