Lo de Márquez era matar o morir
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Tenía clarísimo cuál iba a ser el planteamiento de Marc Márquez para la carrera de ayer en Australia. No me atrevía a pronosticar su desenlace, pero sí que hubiera apostado mi dinero a una doble jugada: el setenta por ciento de mi capital a encontrarle en el podio... y el treinta restante a verle por los suelos. Afortunadamente salió cara y el catalán nos regaló una heroicidad de ésas que recordaremos cada vez que hablemos de remontadas épicas, increíbles diríamos sino fuera porque pudimos disfrutar de ella ayer en ese escenario de ensueño que es Phillip Island. Y es que a Marc le quedaba poco margen para el conformismo cuando saldría de Australia con tan sólo dos oportunidades más para sentenciar un título que, por justicia, debe ser suyo.
De poco, o de nada, le hubiera servido al ilerdense acabar en los puntos, ser décimo o séptimo con una victoria de Bradl. Porque eso hubiera permitido a su rival adoptar una postura conservadora, un terreno de consistencia y regularidad que es en el que mejor se mueve. Si el alemán no necesita ganar al español, sí que es posible que le arrebate el Mundial de Moto2. Porque de otro modo, está derrotado de antemano. No lo duden, Bradl es el primer convencido de que Márquez es mejor que él, una sensación altamente nociva para cualquier piloto. Por eso ayer el rostro de quien es líder de nuevo no era el de la satisfacción o la alegría, más bien reflejaba la preocupación de sentirse vencido antes incluso de pisar el asfalto. Y no es para menos. La exhibición de Marc en Australia es como para rendirse... Hoy le veo más campeón que nunca antes en esta temporada.




