El fisioculturismo vende
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El fisioculturismo y el fitness no son oficialmente deportes, pero ya quisieran para sí decenas de deportes tener su capacidad de convocatoria. Y, sobre todo, poder vender entradas a cien euros y llenar. No son deportes, porque no están sometidos a la reglamentación deportiva que obliga, entre cosas, a pasar controles antidopaje. Pero tienen mucha similitud con ellos. No hay deportista con mayor dedicación que un fisioculturista de élite. Vive las 24 horas del día por y para su actividad. A su alrededor se ha creado toda una industria y, últimamente, una pasión que va en crecimiento. Los gimnasios no dan abasto, el músculo está de moda y la presencia en Madrid de los cuerpos más cultivados del mundo se ha convertido en un acontecimiento.
No hay que ignorar este fenómeno que ya está aquí, y que sin ser deporte lo es más que otros que, incapaces de generar ingresos, viven de las subvenciones públicas, porque ni interesan ni apenas tienen practicantes. En esto del deporte había que poner todo boca abajo para despedir algunos y aceptar a otros. El fisioculturismo ya lo fue, era una sección de la Federación de Halterofilia, y por los problemas con el dopaje tuvo que salir corriendo. Ahora tiene la consideración de actividad, como la tienen en España el fútbol americano, el baile deportivo o el juego de las guerras con pintura, pero a diferencia de éstos, al fisioculturismo no le hace ninguna falta ser deporte. Vive muy bien sin serlo, mas no por ello es menos deporte que muchos.




