Yo amaba a los volcanes islandeses

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La primera noticia que tuve de un volcán islandés, el Anaëfellsjökull, para más señas, fue maravillosa. Incluso me entraron ganas de emular al indomable profesor Otto Lidenbrock, que encontró el manuscrito perdido de Arne Saknussemm, científico loco incluso para los vikingos. Ese documento indicaba, poco más o menos la localización de una montaña humeante en el centro de Islandia. Una vez localizada, la cosa consistía en contratar a un guía un poco chulo llamado Hans y tenerlos lo bastante bien puestos para meterse por el cráter, descender por la chimenea, evitar los diques (que como saben los alumnos de sexto, no llevan a ningún lado), sobrepasar la cámara de magma y acceder al manto. Todo eso, colgado de una cuerda de cáñamo. Una vez pasadas mil penalidades, te encontrabas con dinosaurios, gente extraña y salías al exterior por el volcán Strómboli, en pleno Mediterráneo.
La historia es fantástica y la publicó Jules Verne en 1864 bajo el título, Viaje al centro de la tierra. Joyas Literarias Juveniles la editó en cómic cuando era pequeño y era deliciosa. Buscando en internet, he encontrado hasta ocho adaptaciones cinematográficas de la novela. Una de ellas, española de 1976 con música de Juan Carlos Calderón. Yo amaba a los volcanes islandeses. Hoy escribiría un libro: El volcán y la madre que lo parió.



