"Aunque me lo quite de comer..."
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Aunque me lo quite de comer, yo voy al Madrid-Barça del Bernabéu y a la final de Valencia". Esta frase se la escucharán a miles de madridistas de aquí al mes de abril. Por encima de la crisis y más allá de las apreturas de la economía doméstica, se impone el orgulloso sentimiento blanco. Habrá quien no repare en el astronómico precio de las entradas, ni escatimará en AVE, hotel y billete para acudir a Mestalla. El fútbol tiene un punto de locura que aflora más que nunca en estos días señalados. La batalla por conseguir 'papel' ha comenzado en el boca a boca, en internet, en las agencias de viajes...
No importará si el Barça llega al Bernabéu a siete o a dos puntos. Es una revancha pendiente. La demanda de entradas se ha disparado dos meses antes y el club de Concha Espina no duda ante la oportunidad de hacer un taquillón. Se aplica la ley de la oferta y la demanda, ajena a la maltrecha economía del país. Cuando todo baja, el fútbol sube los precios. Nada parece lógico en torno al gran partidazo, que se convierte en un artículo de lujo por pura inercia y también por descontrol de los órganos deportivos, ya que nadie pone veto a la libertad de precios en taquilla. Así es este espectáculo representado por los 22 actores más caros del mundo, a los que hay que pagar, aunque algún aficionado se lo quite de comer.



