La cruda realidad del balonmano
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La Liga de balonmano se ha reanudado, y el Barcelona, que ayer ganó al Torrevieja, y el Ciudad Real, que hoy juega con el Antequera, continúan su duelo a la espera de que vuelvan a enfrentarse el 30 de abril, partido del que seguramente saldrá el campeón. En unos modestos pabellones municipales donde apenas caben 2.000 espectadores. Esa es la realidad del balonmano, no la de la imagen que nos ofrecen nuestros equipos punteros. El Barcelona tiene un precioso Palau con capacidad para 7.000 personas, y el Ciudad Real un coqueto Quijote Arena, con aforo superior a las 5.000 localidades, levantado para su uso exclusivo. La mayoría de sus jugadores vienen de jugar en el Malmoe Arena, abarrotado con 12.000 aficionados. Es otro mundo.
Un mundo que se está agrietando, porque sin patrocinadores y con el recorte de subvenciones, no hay caja para pagar a los jugadores. Ni siquiera a muchos de los buenos, que en la Asobal hay casi medio centenar de jugadores que estuvieron en el Mundial, y la mitad de ellos disputando las medallas. Un lujo que se puede permitir el Barcelona con el dinero del fútbol, cada vez menos el Ciudad Real... y punto. Por eso cada día que pasa las diferencias son mayores, y equipos que eran los siguientes en el escalafón, como el Ademar y el Valladolid, dejan paso al Granollers, y el San Antonio, que llegó a dominar Europa, ahora es uno más... El balonmano es un deporte con mala suerte. Ni Urdangarín, ni el Mundial, ni ahora el bronce lo despegan.




