Suerte a los héroes del desierto
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A veces sucede, esa extraña sensación de estar en otro sitio, de creer que eres parte de una gran película que se está rodando a tu alrededor, pero que en la vida real pasa en otro lugar. Ayer, después de seis años cubriendo el Dakar, me torturaba viendo la salida desde Buenos Aires previo aviso de mi amigo Federico Gianmaría, y no podía dejar de pensar en cómo cambia la vida. Este año Héctor Martínez (al que, desde aquí, sólo me quedará aplaudir, seguro) va a tener el privilegio de contarles una carrera que no lo es. Y ésa es su grandeza, la verdad en la que descansa la leyenda de una batalla contra la naturaleza que nació del delirio de un genio iluminado. Las cosas han cambiado mucho desde que Sabine soñara un desafío de locos, África son sólo recuerdos que se llevan en el corazón y América acoge ahora un evento que es más negocio y menos aventura, pero que sigue siendo tan emocionante, duro y hostil como siempre.
Si me permiten, les diré que a mí el Dakar me ha hecho hombre, periodista y persona. Mejor persona. Una vez uno de esos héroes que se dejaron la vida en el intento me dijo que estaba allí porque lo necesitaba, porque le ayudaba a vivir. Ese año, Andy se quedó en un lugar maldito del desierto mauritano. Como estuvo a punto de pasarle a Isidre Esteve, pero el destino le tenía reservadas aún muchas sonrisas. Hoy, como ayer, si merece perder la vida por algo es por cumplir un sueño y por amor. Por eso están ahí muchos, para vivir, para no quedarse gateando en este mundo de pobres que nos ha tocado, para intentar volar. En lo deportivo, ganará Sainz en su último año, el tío Carlos es mucho Carlos. En motos, Coma. Sin duda. Es el mejor. Pero Nani, Puertas, Ciscar, Foj, Fina, Laia, Vila, Salinero, Arcarons... y tantos otros, necesitan esta prueba como el aire. Y vencerán cuando, bajo el casco, mezclen lágrimas y sonrisas. En el regreso. Suerte, héroes del desierto.




