Allí nació y se despidió la leyenda

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Todavía tengo grabada en la memoria del corazón la imagen de Raúl metiendo el gol del empate en La Romareda pese a estar completamente cojo. El destino quiso que fuese en el mismo escenario en el que se alumbró su nacimiento como leyenda blanca donde firmara su último gol con la camiseta con la que ha hecho historia. Mañana será difícil evitar que en una incursión de Cristiano, Benzema o Di María imaginemos de pronto que es el gran capitán el que está incordiando, una vez más, a la defensa del Zaragoza.
Ese estadio tiene algo diferente cuando se acerca el Madrid por allí. Todavía recuerdo cómo la irrepetible Quinta del Buitre firmó su mejor goleada a domicilio con un 1-7 en la que marcó hasta Chendo. O un partido memorable de Dudek (no es broma), que terminó descendiendo a los maños a Segunda. O un gol de Kaká, que dio la victoria (sigue sin ser broma) en la última noche que el brasileño nos recordó que su fichaje tuvo precio de megacrack. Pero para los restos quedará aquel minuto mágico en el que Van Nistelrooy y Tamudo se aliaron para demostrar que las utopías no existen y que el fútbol es una caja mágica en la que nada es imposible. Esa Liga del Clavo Ardiendo se ganó, en realidad, en aquella velada de transistores, lágrimas y milagros.



