Nostalgia, demagogia y aprecio
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En la nostalgia de Sneijder, como en la de Robben, hay un cierto grado de demagogia. Aunque el madridismo tenía la certeza de que eran dos jugadores estupendos (lo demostraron a ratos), nadie lloró por sus traspasos. Robben se había convertido en un chupón patológico y Sneijder se había perdido como futbolista, víctima de una vida licenciosa que reconoce en estas páginas. La venta de ambos fue razonable desde el punto de vista deportivo y también desde el financiero (25+15 millones), especialmente en un verano de inversiones galácticas (casi 200 millones, entre Cristiano, Kaká y Benzema).
Echarlos de menos cuando pintaron bastos resultó ventajista. Es verdad que hubieran ayudado al equipo, y más aún desde la lesión de Kaká. Pero nadie hubiera podido prever esa ausencia, ni, entretanto, apaciguar en el banquillo a futbolistas tan ilustres. Luego, cuando les llegó el éxito en Inter y Bayern, se juntaron el aprecio por los viejos alumnos y las críticas a la política deportiva del Madrid. Y la cosa fue incontenible el día que ambos se presentaron en la final de la Champions, en el Bernabéu, o cuando se supo que Sneijder pelearía por el Balón de Oro. Hoy los seguimos mirando con simpatía, celebramos su rehabilitación, y sus triunfos son triunfos que algunos madridistas se apuntan. Ahí está límite. Pasar de esa raya es suspirar por algo que hoy no habría salido bien, por la sencilla razón de que tampoco funcionó ayer.



