Una victoria por encima de todo

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A la décima llegó la victoria. Una victoria de infarto, de corazón, de lágrimas, de orgullo, de explosión de júbilo por tanta frustración contenida, por tanta vulgaridad acumulada. Una victoria por encima de todo, que saca al Zaragoza del depósito de cadáveres y lo devuelve a los cuidados intensivos. Una victoria de las que suelen cambiar la inercia, de las que unen y fortalecen. Una victoria que refuerza el inmenso cariño del zaragocismo por su equipo, ahora enfermo y decadente, pero nunca muerto. La afición es la sangre de este club, su dueña moral. Y jamás va a consentir que desaparezca. Las sociedades anónimas han cambiado la titularidad de la propiedad en el fútbol, pero el Zaragoza es y será siempre de su gente, de los que por encima de quien gobierne o malgobierne, son herederos y padres de su historia.
Tan mal está el Zaragoza que un triunfo en La Romareda ante el Mallorca provocó escenas finales emotivas y ruidosas, en el césped y en las gradas. A ello contribuyó la película de la victoria, porque el Zaragoza perdía a siete minutos del final y ganó de penalti en el último segundo de una largo descuento. Pero en verdad había también serios motivos para no mirar atrás y celebrar aunque fuera un minuto, porque una derrota hubiera condenado definitivamente al equipo. También a su entrenador, a José Aurelio Gay, hombre templado, responsable y comprometido, que ya salvó una vez al Zaragoza y puede volver a repetirlo. Queda un largo camino, pero el Zaragoza no se rinde.



