El mejor en un mundo hostil
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Hay personas con luz, capaces de hacer que el que tiene al lado se sienta bien. Después hay seres extraordinarios que pueden iluminar a todo un país. Fernando Alonso es brillante. Y en esa palabra también entra una de sus características: la de los que pueden lograr hazañas increíbles. En el paddock de la F-1 existe la creencia, incluso entre sus detractores, de que el español es el mejor piloto de este deporte. Es así, quizá, porque es el único que está en condiciones de ganar un Mundial con un coche inferior, de pelear contra los elementos, de ser español donde se habla inglés.
Ser el mejor en la F-1 no es fácil, y hacerlo desde abajo, comenzar con Minardi, pasar a Renault, ganar dos títulos, irse a McLaren, luchar hasta el último gran premio por el campeonato en una escudería donde se sentía mal, marcharse, regresar a su casa francesa, ganar carreras y fichar por Ferrari para volver a pelear por el Mundial es algo que sólo pueden hacer los genios. Le costó hacerse a Ferrari, pero ha demostrado que se debe confiar en los más grandes. Ahora le tienen miedo los que creyeron destruirle, pero el brillo de Alonso tiene pinta de hacerse tan eterno como esa sonrisa de ganador y esos abrazos que reparte tras sus victorias.




