Agapito es esclavo de su palabra

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Agapito es ahora más que nunca esclavo de sus propias palabras. En su desesperación, desmintió con vehemencia su intención de despedir a Gay después -o en honor a la verdad, en el descanso- del partido frente al Sporting, y ahora ya no sabe cómo volver a huir hacia adelante, sobre todo cuando el propio entrenador, consciente del drama que vive su equipo, tiene claro que se va a jugar su puesto frente al Barcelona y el Valencia y lo deja caer con sinceridad. Gay sabe que no hay nadie más débil que un técnico que no gana nunca y, pese a ese optimismo excesivo que muestra en público, ni se engaña ni lo engañan. O empieza a ganar o se irá enseguida a la calle, aunque sea el último culpable de esta ruina permanente que es el Zaragoza.
Y como Gay está por lo menos el director deportivo Antonio Prieto, que en su ronda radiofónica de ayer, no quiso poner la mano en el fuego ni por su propia continuidad. Cómo iba a hacerlo, si hace dos semanas que tiene las maletas preparadas para que nada le coja de sorpresa. A Prieto también lo defendió Agapito a capa y espada, cuando tres días antes le había anunciado su despido. Aquella esperpéntica rueda de prensa fue una gran farsa que el tiempo irá dejando en su sitio. Pero la suerte de Agapito, de Gay o de Herrera es lo de menos. Todos están de paso. El problema principal y único es que el Zaragoza es un muerto viviente, que se marcha irremediablemente a Segunda División y cuyo futuro está verdaderamente amenazado. Y sería bueno que los jugadores, pese a su mediocridad general y su origen diverso, empezaran a entenderlo de verdad.



