Toni Elías o el triunfo de la constancia
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Todavía ando digiriendo el atracón de alegría que nos pegamos el domingo pasado los aficionados a las motos, al deporte, los españoles diría. Dos títulos mundiales como preludio del pleno que llegará con el de 125cc, en la mejor temporada de la historia de nuestro motociclismo, que es mucho decir porque ya habíamos disfrutado de inolvidables días de gloria. Fue una jornada muy emotiva, la verdad, al menos para mí y por un montón de razones. Entre ellas, disfrutar de la merecida recompensa que por fin obtuvo Toni Elías, el chico de la eterna sonrisa y uno de los tipos más queridos de todo el Campeonato del Mundo.
Elías llevaba toda una vida persiguiendo un sueño. Recuerdo perfectamente cuando le conocí, cuando me dijeron que aquel pequeñajo era hijo de Toni Elías, éste sí sabía quién era, uno de mis grandes ídolos de la adolescencia. Un póster de su padre, firmado por él, colgó de una pared de mi habitación durante años, preguntándome mientras lo miraba cómo se podía ser tan bueno con un manillar de motocross entre las manos... Así que por eso me resultó llamativo conocer a aquel chaval que también quería ser campeón, como su padre, pero no de España si no del mundo, y lejos del barro y los saltos para probar la embriagadora sensación de la velocidad. Creo que ha pasado más de una década desde entonces y durante cada uno de los días de cada uno de esos años Toni ha trabajado sin descanso por llegar a donde hoy está. Felicidades, campeón...




