Yo digo Juan Mora

En la Ryder ganar no es baladí

Juan Mora
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La Ryder Cup es una curiosa competición. Despierta pasiones entre los seguidores del golf, mientras el resto de los aficionados al deporte la contempla con indiferencia, en el sentido de que ninguno se levanta al día siguiente preocupado en saber cuál ha sido el resultado. Viene a ser como la Copa del América de vela. Se muestra como una competición importantísima, capaz de movilizar a las fuerzas vivas del país organizador, pero que no acaba de llegar al gran público. Detrás de estas competiciones hay una muy buena promoción, altas influencias que abren puertas, una gran organización y una participación de élite. No hay que dudar, por tanto, de su importancia. Otra cosa es que fuera del mundo del golf su interés sea reducido.

Pero la Ryder, igual que la Copa del América, merece un respeto. El respeto que le otorga su antigüedad. Como el Grand National o la Oxford-Cambridge. Competiciones convertidas en ángeles custodios de tradiciones bajo las cuales creció el deporte. La Ryder comenzó a disputarse en 1927 cuando Samuel Ryder, un comerciante británico entusiasta del golf, donó una copa de oro para dirimir la disputa que comenzaba a haber entre británicos y estadounidenses, enzarzados en ver quiénes eran mejores. Para entonces ya se jugaban el Abierto Británico, el de EE UU y la PGA, donde los triunfos se encontraban muy repartidos. Nació entonces una rivalidad que hoy continúa, ampliada al continente. Y ganar no es baladí, es una cuestión de honor.

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