Al Zaragoza aún le late el corazón

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El Zaragoza sigue el último, pero aún está vivo. Continúa en estado gravísimo, con sólo tres puntos en seis jornadas y un calendario terrible que se le viene ahora encima, pero mantiene unas enormes ganas de vivir y de pelear contra la enfermedad que le devora, una dolencia agravada por su pertinente desgracia. Tampoco pudo ganarle al Sporting, el rival más flojo de todos los que han pasado por La Romareda, pero el Zaragoza fue capaz de resucitar después de haberse suicidado, y logró igualar un 0-2 con diez jugadores. Su reacción en la segunda parte y con todo perdido fue heroica, digna de aplauso. A este equipo se le podrá reprochar su escasez general de calidad, pero nunca su orgullo o su compromiso. Este Zaragoza, justísimo de fútbol y de remate, y que regala goles todos los días, se deja el alma en cada partido. Y ese espíritu es lo que aún le mantiene vivo en una Liga que le está castigando con crueldad extrema.
No es cuestión de elevar a unos sobre otros, porque el grado de ardor es colectivo, pero el comportamiento racial de ayer de Gabi, Ander, Ponzio, Diogo o Doblas no debe pasar inadvertido. El equipo lo da todo y lucha contra todo, contra sus propias miserias, que son muchas, contra un autogol, contra un mal control que acaba en penalti, contra una expulsión... El Sporting, sin haber disparado a puerta, se encontró con dos goles y se creyó vencedor, pero Sinama apareció por fin para hacer justicia y mantener todavía un hilo de esperanza. Al Zaragoza aún le late el corazón.



