Wimbledon es extraordinario
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Wimbledon es un torneo singular donde los haya. Por lo pronto, comienza en lunes, más tarde que cualquier otro Grand Slam, a pesar de que la lluvia suele causar serios problemas al obligar al aplazamiento incluso de jornadas enteras. Los jugadores acaban desquiciados, y finales ha habido que han tenido que disputarse al día siguiente del domingo que tenía que haber concluido el torneo. Y quien no salga todo de blanco, no juega. Las tradiciones son las tradiciones, y los británicos se tienen como los ángeles custodios de las mismas. Para bien y para mal. También es una costumbre que todo ganador de Wimbledon adquiera el derecho de jugar un día al año en la pista central con quien quiera invitar, y es detalle muy preciado.
Aquello que no se puede conseguir con dinero, como lo de jugar en Wimbledon con un amigo, es lo que le da un valor añadido y extraordinario a las cosas. Eso lo valora bien Nadal, y por ello eligió residir en la villa olímpica de Pekín en vez de irse a un lujoso hotel cuando participó en los Juegos. A un hotel puede ir cualquiera con dinero; a la villa olímpica no se va por dinero, sino por méritos. Como jugar un día en Wimbledon sin que el mundo se entere. Por eso, y por unas cuantas razones más, Wimbledon es especial. Único, además, por la hierba. Tantas singularidades le convierten quizá en el torneo más deseado por los tenistas. Nadal y Federer, por supuesto, entre ellos. Ambos protagonizarían también la final más deseada.




